ND38 - Marzo 2010
 

Organizadoras, dirigentas y activistas
Mujer obrera y popular, fuente inagotable de trabajo y lucha

Como miembros de una misma sociedad, el hombre y la mujer son un producto social. Las formas de actuar de unos y otros, sus ideas, sus creencias, sus esperanzas son resultado del desarrollo de las relaciones sociales en que están insertos, relaciones sociales históricamente conformadas, que cambian junto con los cambios de la sociedad. Esta visión que nos entrega el materialismo histórico se opone a la visión burguesa, idealista y reaccionaria, que trata de explicarse al hombre y a la mujer a partir de una “naturaleza humana” en abstracto, con características eternas e inmutables que existirían al margen de las condiciones sociales. En el mundo real hombres y mujeres no vivimos en abstracto, vivimos en una sociedad concreta en que las relaciones sociales están determinadas por la división de la sociedad en clases sociales. A esto se refería el gran marxista latinoamericano José Carlos Mariategui, cuando afirmaba hace ya casi un siglo que en el actual panorama humano la clase diferencia a los individuos más que el sexo.

Por esto el 8 de marzo los comunistas no conmemoramos a “la mujer” en abstracto, sino a la mujer obrera y popular, parte de las amplias masas, que con su trabajo remunerado y no remunerado sustenta y apuntala al pueblo. Y conmemoramos a la mujer obrera y popular no sólo por su lugar en la labor productiva, sino principalmente por su participación en la defensa de los intereses de las clases oprimidas.

La mujer obrera y popular, no puede ser considerada igual a la mujer de las clases reaccionarias. La mujer de la gran burguesía, la mujer terrateniente oprime y explota a las clases populares como cualquier hombre de su clase. La mujer popular debe enfrentar esta opresión de clase y además sufrir todos los lastres, prejuicios, supersticiones e ideas retrógradas que provienen de las caducas concepciones burguesas y semifeudales predominantes, que ven al sexo femenino con una inexistente “naturaleza deficitaria”.

La situación de la mujer obrera y popular

La mujer popular a lo largo de nuestra historia ha debido sobrellevar la precariedad y las penosas condiciones de vida a las que se ve sometida como parte del pueblo, tanto en el campo como en la ciudad.

Madres populares solteras de los pueblos siguen llegando a las ciudades, principalmente a Santiago, buscando mejores oportunidades y mejores condiciones de vida para sus hijos. A veces pueden trabajar como vendedoras coleras en las ferias libres o en labores de aseo en oficinas, comercio o casas particulares; pueden tener mayor o menor suerte pero en general están condenadas a emplearse en trabajos de baja calificación, ser trabajadoras de fácil reemplazo, sometidas a una inestabilidad constante y que viven el día a día.
Miles de estas mujeres trabajadoras deben dejar a sus hijos solos casi todo el día. Por lo mísero de sus sueldos tratan de hacer horas extraordinarias para abultar un poco el salario y gastan mucho tiempo en trasladarse desde sus casas, cruzando todo el gran Santiago. Viven en la periferia pues su salario sólo alcanza para estar de allegados, arrendar algo barato o adquirir viviendas básicas mediante subsidios estatales. Están obligadas a permanecer mucho tiempo fuera de su casa y esto les duele, porque ven que sus hijos se crían sin que ellas estén presentes, prácticamente solos, las afortunadas pueden encargarlos a sus parientes. Los niños y jóvenes en sus casas aprenden ellos mismos “a crecer”, expuestos a la decadencia moral de la ideología burguesa que prefiere a la juventud popular enajenada por los medios de comunicación y las drogas y condenados a una educación destinada sólo a calificarlos como fuerza de trabajo barata.

Durante la vejez la angustia no decrece, al contrario, se agudiza. En la vejez nuestras mujeres populares deben sobrevivir con una escasa pensión tras décadas de trabajar en labores embrutecedoras, acumulando desgaste físico y mental y las consecuentes enfermedades. Pocas tuvieron acceso a una escolaridad completa que les diera la posibilidad de realizar trabajos más calificados y la verdad es que eso tampoco hizo gran diferencia. Los variados problemas de salud, propios de la avanzada edad, pero agravados por sus condiciones de vida se agudizan aún más en los servicios de salud para pobres que les ofrece el viejo Estado. Muchas veces sus hijos apenas tienen los recursos materiales necesarios para ellos y sus propias familias, y están prácticamente forzados a la ingratitud hacia la mujer que les dio la vida.

Las esperanzadas jóvenes populares se resisten a vivir como sus madres y abuelas, pero prontamente son forzadas a seguir el mismo camino. Rara vez pueden cumplir sus sueños de estudiar en una universidad, pues la elitista prueba de selección prácticamente excluye a los jóvenes populares que pasaron por colegios municipales y técnicos. Los créditos para los institutos privados son una alternativa, pero únicamente a condición de hipotecar el trabajo futuro durante muchos años. Muchas toman esta alternativa, muy pocas terminan de estudiar, pero las deudas contraídas por unas y otras se cobran de todas maneras. En cualquier caso, para pagar estos estudios se ven nuevamente forzadas a trabajar en lo que sea.

También está la mujer popular que no puede trabajar ni estudiar porque “no la dejan”. La mujer que sufre en su casa las consecuencias de la ideología dominante, de la supuesta superioridad del hombre, de esposos llenos de inseguridades y celos. Estas mujeres están confinadas al embrutecimiento de la dedicación exclusiva a las labores domesticas y a la violenta opresión del esposo.
En el campo está la mujer temporera, madre soltera o esposa que debe incorporarse a la producción en precarias condiciones, muchas veces sin baños ni comedor, expuestas a químicos dañinos. La amedrentan para que no se sindicalice, no le consideran años de trabajo. Soporta esta situación porque no ve otra forma de ayudar a llevar el pan al hogar.

Todas estas mujeres tienen en común que realizan labores muy poco reconocidas, pero que luchan tenazmente por “estirar” y “hacer alcanzar” el sueldo mísero de las familias populares, tratando de mejorar sus condiciones de vida.

Y sin embargo, es esta misma mujer doblemente oprimida, la que por otra parte destaca como organizadora del hogar. Esta mujer es la que administra de la mejor forma posible los escasos recursos de las familias obreras y populares. Es también, la que no ceja en el cuidado de los niños. Es la que se preocupa de su esposo. Muchas veces su descanso es dedicado a compartir con sus hijos y esposo. Todo esto lo hace en las condiciones que hemos descrito, porque ella se debe a su familia.

Todo este talento y dedicación que la mujer realiza en el seno de su hogar, cuando se despliega, cuando se pone al servicio de sus vecinos o más aún, al servicio del conjunto del pueblo, alcanza grandes conquistas. Así valientes mujeres lo han mostrado en la historia una y otra vez.

Cuando por siglos los reaccionarios nos quieren hacer creer que somos el sexo débil, vemos que cada vez más, los movimientos sociales tienen una importante participación de mujeres. Muchos son dirigidos e impulsados por mujeres populares.

En los peores tiempos del gobierno fascista de Pinochet las mujeres populares desplegaron sus capacidades organizando ollas comunes, los “comprando juntos” y otras formas de ayuda mutua que unieron a los vecinos para asegurar la existencia de los suyos. Estas experiencias deben ser rescatadas y multiplicadas para enfrentar los duros tiempos que se nos vienen tras el terremoto.

Por eso, si como mujeres populares nos organizamos para construir la organización que no sólo busque resolver el problema de la opresión de una mujer o de un grupo de mujeres, sino la opresión a la que se ven sometidas todas las mujeres y hombres del pueblo, construiremos entonces la organización revolucionaria que tenga como objetivo atacar la causa última de la opresión.

¿Qué busca la revolución? Busca en definitiva la eliminación de las clases, causa principal de la desigualdad existente. Y esta misma desigualdad es a su vez, la causa principal de la opresión de la mujer popular. Porque la liberación definitiva de la mujer popular no se da al margen de la lucha de la clase y el pueblo. Precisamente, lo que da unidad y cohesión a la lucha del hombre y la mujer popular es la lucha revolucionaria. Las mujeres populares tenemos más razones para luchar contra la opresión, pero sólo la lucha revolucionaria del hombre y la mujer popular como pueblo, asegura la emancipación de ambos.

La mujer popular oprimida para emanciparse ella y su clase debe convertirse en mujer revolucionaria.

¡Hombres y Mujeres Populares debemos hacernos fuertes como pueblo!
Mujeres populares: ¡Desplegar nuestra capacidad organizativa en acciones ayuda mutua para enfrentar las consecuencias del terremoto!

 
 
 

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Declaración Conjunta con motivo del 1º de Mayo
¡La Revolución Proletaria Mundial, hoy más que nunca una necesidad histórica!

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