ND34 - Noviembre 2009
 

Testimonio
Vendedores ambulantes: una lucha diaria en la calle

El siguiente artículo fue redactado por un grupo de vendedores de Nueva Democracia, compañeros que desde hace ya varios meses se han dado a la tarea permanente de distribuir este medio de propaganda en la calle, compartiendo con los vendedores ambulantes que tradicionalmente utilizan este espacio para ganarse el sustento.

Como distribuidores - vendedores del periódico Nueva Democracia, películas del Archivo Revolucionario y libros de las Ediciones MLM, nos gustaría compartir con los lectores la experiencia de distribuir la propaganda comunista en la calle, junto a los vendedores ambulantes.

En el transcurso de casi nueve meses de permanecer en un mismo punto de venta hemos sido aceptados, acogidos e incluso protegidos por los vendedores que allí han establecido su lugar de trabajo. En un comienzo, no hubo mucha relación, pero al pasar las semanas poco a poco ellos fueron preguntando qué vendíamos, para qué y quiénes éramos. No se han escandalizado con el hecho de que somos comunistas, al contrario, abre la conversación, le da más confianza, permite que nos comenten sus opiniones y puntos de vista acerca de la sociedad.
En este lugar se combinan productos, precios y ofertas así como personalidades y estrategias de venta. Hay quiénes recurren al humor, pregonan e incluso cantan, como el “paño de cocina”; otros mucho más tímidos, la “tía de los chocolates”; más relajados, el “hippie”; otras más choras, la “aceituna”, que no se queda callada con nadie y resguarda siempre que no llegue mucha competencia cerca. También están los intermitentes, como la “tía de los anticuchos”, que no van todos los días, pero gracias a la persistencia se ganan su lugar. Al final -como sostienen ellos mismos- la calle alcanza para todos siempre que se mantengan ciertas reglas, reglas que no están escritas en ninguna parte, que de hecho atentan contravienen la legalidad impuesta por los grandes comerciantes, pero que tácitamente se respetan con tal de resguardar el derecho de cada quien a obtener sus medios de vida.

Entre los vendedores se ha generado un ambiente de compañerismo que permite incluso la organización incipiente en el lugar, como por ejemplo cuando se cuidan los puestos unos a otros o se reemplazan en sus puestos cuando uno de ellos debe ausentarse; cuando se vocean los distintos productos o cuando andan cerca los vigilantes y uno va a ‘sapear’ mientras los demás se quedan por allí cerca, esperando.

Nos cuentan que este punto de venta es bastante tranquilo, que los ‘pacos’ no son tan agresivos, que generalmente les advierten que deben irse, sino se los llevarán detenidos. Comentan que el tipo de mercadería que se vende influye también en la disposición de esos guardianes de la ley burguesa. Por ejemplo si la mercadería es evidentemente robada se la llevan y piden papeles, si vendes quesos o paltas te permiten trabajar a cambio de una cuota de mercadería. A ninguno de nuestros ‘colegas’ se los han llevado detenidos por vender en la calle en este lugar.

Sin embargo, la preocupación que de pronto los vengan a echar es algo que se considera indigno, pues consideran que tienen derecho a trabajar para mantener a sus familias.

En general, todos coinciden en que actualmente hay que sacrificarse para poder vivir, pues sienten que a ellos nadie les ha regalado nada, nadie les da oportunidades, ni beneficios; por su cuenta se la rebuscan para llegar con su mercadería todos los días. Se consideran también que prestan un servicio a la gente, ya que venden más barato que el comercio establecido.

Son parte de la economía mundial. Como parte del comercio, el dinero que hacen circular con sus ventas se agrega al movimiento de la industria de productos alimenticios y manufacturados; con las ganancias que reciben compran en los grandes supermercados, pagan las cuentas de luz y agua a los monopolios de la energía. Pero aún cuando su trabajo es parte del sistema económico en su conjunto, las leyes y el Estado los desconocen: son perseguidos por no pagar impuestos ni patentes, si no entregan parte de sus ingresos, tampoco tienen derecho a previsión de vejez ni de salud.

Cuando propusimos la idea de hacer esta nota al periódico y les solicitamos su colaboración reaccionaron con humilde desconcierto, como si sus historias no fuesen relevantes. A nuestro pueblo lo han convencido que no tiene rol protagónico en la historia, que si no tiene un apellido impronunciable su experiencia y sus anhelos no tienen importancia. Esto no es casual, pues cuando el pueblo y los trabajadores adquieren conciencia de su rol histórico, se organizan y movilizan, son capaces de cambiar la historia.

Finalmente todos accedieron a ser entrevistados, demostrando que hay confianza hacia el trabajo del periódico, reconociéndolo como prensa popular, cercana a ellos. Incluiremos aquí partes de lo conversado con cada uno, reconociéndonos en ellos y sus historias de vida, que son las mismas que se replican en el seno del pueblo chileno y de los pueblos del mundo.

El Hippie

Tiene 20 años, por el momento no estudia y junto con su señora trabajan para mantener a sus dos hijos pequeños.

Vende rompecabezas, barquillos, orejeras luminosas, guantes y cuellos dependiendo de la época del año. Su señora junto con su suegro tienen un puesto de libros con permiso en el mismo lugar, así que ahí guarda la mercadería durante el día.

Para trabajar y atender a los niños se turnan con su señora en horarios alternos y así trabajan todo el día. Considera igualmente que es una pega relajada, ‘piola’. Además este punto de venta es bastante tranquilo, nunca se lo han llevado detenido por trabajar en la calle. “Si me echan me voy, sino te llevan con las cosas, te las quitan y más encima te pasan multa”.

Las fechas buenas para la venta son los días viernes en general, además de la quincena y fin de mes. Para las fiestas o días especiales (del niño, de la mamá, dieciocho, etc.) se vende harto, la gente está más contenta y quiere comprar algo que no le salga tan caro. La calle es muy buena opción.

Su Mensaje a los lectores del ND: “Hay que ponerle el hombro y salir adelante porque yo trabajo para mi familia, esto es para ellos”.

La tía de los chocolates y aceitunas

Su familia está compuesta por una hija pequeña que debe mantener y un hijo que se encuentra en la educación superior. Antes tenía un taller de costura en su casa, pero con el ingreso de las manufacturas chinas su trabajo dejó de ser rentable, corriendo la misma suerte que la mayoría de la industria del textil y calzado chileno.

Está todo el día en la calle, en la mañana llega como a las 10, trata de estar lo que más puede. Vende chocolates, aceitunas y pickles. Dice que generalmente le va bien, por la variedad que tiene, cuando hace calor la gente compra aceitunas y pickles, cuando hace frío llevan chocolates.

Hace más o menos dos meses que vende, quiere tratar de conseguir un permiso municipal para estar más tranquila. Por $8000 cada tres meses según el puntaje de la ficha CAS se conceden los permisos, pero ahora la municipalidad no los está dando.

Lo que no considera muy bueno es que a veces se dan peleas entre los vendedores, el que lleva más tiempo en la calle se adjudica cierto derecho de “antigüedad” y si alguien vende lo mismo se le hace complicado, aunque si uno resiste se gana el lugar.

Su Mensaje a los lectores del ND: “Ojalá nos dieran más oportunidades a los pobres, nosotros queremos trabajar, pero todo se lo dan a los que tienen plata”.

Manuel Robles, ‘Paño de Cocina’

Su familia son su señora y su hija. Nos comenta que trabaja desde los 14 años, y cree que por eso desarrolló mucha personalidad. Su jornada comienza como ayudante de bodeguero desde las 7:45 hasta las 16:30 hrs. Luego, pasa a buscar la mercadería y llega al punto a eso de las cinco y media o seis de la tarde y trabaja ahí hasta las diez de la noche. Vende paños de cocina, considera que el 18 y la navidad son buenas fechas para él.

La represión no hace tanto problema por la mercadería que vende; “a los que venden paltas y quesos le bolsean”, nos comenta. Todavía no le ha tocado conocer los calabozos: “Cuando me echan la converso -dice- para que no me lleven y no me quiten las cosas”.

Considera que es un trabajo tranquilo, sólo en ocasiones se presentan problemas entre los vendedores porque “a veces hay gente que se cree dueña de la calle y hace problemas, no debería ser así, si alcanza para todos”. Producto de la necesidad y la desesperación al no encontrar una pronta salida, algunos vendedores llegan a verse como enemigos.

Señora de los anticuchos

Lleva 5 años trabajando en la calle. Durante la mañana prepara todo buscando en las carnicerías de Mapocho lo más barato, “no conviene cambiar plata por plata”. En la tarde prepara y arma los anticuchos.

Se preocupa de aliñar y preparar sus anticuchos como si fuesen para ella y su familia, “porque así la gente vuelve a comprar, si uno tiene una mercadería de mala calidad, la gente compra sólo una vez y nunca más”. Ella tiene buena clientela.

Antes trabajaba en casa particular, los feriados vendía máscaras, challas y serpentinas en el circo en Velásquez. Ahora en la venta de anticuchos trabaja con su vecina.

Nunca se la han llevado detenida, eso sí, la han correteado hartas veces, según dicen porque “los locatarios reclaman”.

El trabajo en la calle es sacrificado, por eso no sale todos los días. Los fines de semana trabaja en el persa, pero en este punto hay más gente.

La tía tiene problemas en sus piernas y debe operárselas. Como lleva tanto tiempo en las listas de espera del hospital, ha pensado en acercarse a los Girardi antes que pasen las fechas de elecciones. Aprovechando que están preocupados por los votos, tal vez consiga que le aprueben la operación.

Su Mensaje a los lectores del ND: “Ojalá que la gente nos ayude comprando, esto es nuestro sustento. Tenemos que ayudarnos entre nosotros la gente así como uno no más”.

Verónica Carrilla, ‘Aceituna’

Tiene 47 años. Es separada del padre de su hijo Jonathan, de 20 años, pero tiene una nueva pareja desde hace 6 años que trabaja como cartero. El hijo también vende aceitunas en la calle, no estudia, salió de 4° medio.

Ella trabaja desde los 8 años en la calle, comenzó a trabajar en Maipú con Alameda acompañando a sus papás que vendían repuestos para máquinas de coser y condimentos. Llegó hasta 8° básico y luego trabajó como nana. A los 20 años trabajó como empleada del comercio, en la tienda de calcetines “Pato Valverde”.

Vendiendo aceitunas trabaja media mañana en un lugar y por la tarde en otro, hasta las diez de la noche.

“En época de crisis, no suben tanto los precios, lo que sucede es que la competencia aumenta”.

Nos cuenta que prefiere trabajar en la calle que “regalarle sus pulmones a otra persona” (apatronada). Siente que hay una familia entre todos los que venden en la calle, porque se cuidan.

Su Mensaje a los lectores del ND: “Con respecto a las elecciones no estoy ni ahí, salga quien salga yo sigo trabajando, a mí nadie me ayuda. Me da lo mismo.”

 

Agradecemos la buena disposición, el apoyo, la simpatía y el cariño expresado por nuestros amigos en la venta callejera.

Estas cinco personas son trabajadores que conforman el semiproletariado chileno. Trabajan en el comercio, en forma independiente o como un trabajo adicional a un empleo asalariado. En extensas jornadas movilizan mercancías como parte de la cadena de producción y consumo mundial. Su trabajo, junto al trabajo del conjunto las clases laboriosas, sostiene el mundo actual.

Pero como ocurre con el resto del pueblo explotado, sus esfuerzos sirven para el enriquecimiento de otros. La riqueza que crean o que ponen en circulación termina por caer, en último término, en manos de los monopolios nacionales y extranjeros dueños del agua potable, de la energía eléctrica, de los combustibles, de los grandes supermercados, de los créditos de casas comerciales, etc.

Sus condiciones de vida los ubican como parte de los pobres de la ciudad. Sus problemas y anhelos son los mismos que tienen la mayoría del pueblo chileno: piensan en resolver la educación de sus hijos, sus problemas de salud, en un trabajo no explotado.

Si compartimos los mismos problemas y anhelos ¿por qué sentimos que estamos solos, que nadie nos ayuda? ¿por qué tendría cada uno que rascarse con sus propias uñas? El pueblo desea una vida nueva, necesita una nueva democracia, necesita el comunismo.

Al pueblo nadie nunca le ha dado nada, todo se ha obtenido por medio de lucha. Si hoy sabemos leer, si hoy podemos ir al hospital, es producto de las conquistas obtenidas por las luchas de antiguas generaciones de trabajadores. Si hoy demandamos mejor educación, salud, vivienda y empleo no podemos quedarnos sólo esperando, necesitamos organización y lucha.

¡A crear sindicatos de trabajadores independientes! ¡Conformar comités de cesantes! ¡Desarrollar la protesta popular!

 
 
 

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