ND28 - Mayo 2009
 

Cumbre del G-20: colusión y pugna interimperialista

Hoy el sistema mundial imperialista se enfrenta a una profunda crisis económica, expresión de la crisis general del capitalismo que se viene desarrollando desde el siglo XIX, que se profundizó con el desarrollo del imperialismo a principios del siglo XX y que se viene agudizando irremediablemente desde hace más de tres décadas.

El imperialismo vive en una crisis general desde su origen, y dentro de este marco se suceden los ciclos económicos de crecimiento y crisis, cada vez más breves. Durante el siglo pasado las dos guerras mundiales imperialistas y la carrera armamentista lograron conseguir algunos períodos de fuerte crecimiento económico, pero ni siquiera esto pudo evitar que se sucedieran grandes crisis y recesiones. Según los informes de Caprio y Klingebiel desarrollados para el Banco Mundial, entre finales de los 70 y el inicio del presente siglo se produjeron 112 crisis bancarias sistémicas en 93 países.

El actual ciclo económico se inició en 2001 con las coloridas promesas de la “globalización” para terminar el pasado 2008 en el inicio de una profunda recesión que los propios economistas burgueses han comparado con la gran crisis de 1929. A la fecha no ha sido posible dimensionar cuánto tiempo durará la recesión mundial, y a pesar de los billones de dólares que los diversos Estados han inyectado al mercado financiero no hay aún signos de recuperación. Lo más que han podido hacer los especuladores imperialistas es intentar un “empuje psicológico”. Según ha reconocido Kenneth Rogoff, economista del FMI, “Se espera que la gente piense que la recesión no será tan profunda, por lo que las pérdidas de los bancos no serán tan malas, y que su capital tendrá algo de valor” (www.bloomberg.com).

El Concenso de Washington y la crisis económica actual

Como tantas otras veces, la inmensa acumulación de capital en forma de instrumentos financieros se vio enfrentada a una economía mundial incapaz de respaldar las ilusiones de los especuladores. Desatado el colapso financiero en el seno de la superpotencia hegemónica, el imperialismo estadounidense, la crisis no tardó en abarcar la economía de todo el globo.

Siendo los Estados Unidos la mayor economía del mundo es también la más parasitaria y se ha venido debilitando desde hace tres décadas. Tiene un enorme déficit fiscal que atrae capitales de las potencias imperialistas rivales, haciéndole perder terreno frente a las potencias europeas, Japón y el socialimperialismo chino. Su producción industrial ha ido en descenso y se ve obligada a sostener constantes guerras de agresión.

Con su economía interna en paulatino deterioro, el imperialismo estadounidense requiere extraer cada vez mayores capitales desde las semicolonias, para lo cual debía romper con las trabas que los distintos países aún mantenían al movimiento de capitales y generar diversos mecanismos para resguardar sus inversiones:

1. Disciplina fiscal
2. Reordenamiento del gasto público
3. Reforma Impositiva
4. Liberalización de las tasas de interés
5. Tasas de cambio competitivas
6. Liberalización del comercio internacional
7. Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras
8. Venta de empresas públicas
9. Desregulación
10. Derechos de propiedad

Estas medidas, conocidas como el Consenso de Washington, fueron desarrolladas y promovidas por los Estados Unidos e impuestas alrededor del mundo durante las últimas dos décadas principalmente mediante tratados comerciales y préstamos condicionados del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Son estas medidas, transformadas en “ajustes estructurales” en los distintos países del mundo, las que permitieron el enorme crecimiento de la especulación financiera en las últimas décadas y prepararon las condiciones para la actual crisis económica mundial. El consenso de Washington era para las semicolonias, las potencias imperialistas no lo adoptaron y Estados Unidos tomo un curso opuesto a muchas de estas medidas. Públicamente se prometía que estas medidas implicarían un crecimiento sostenido, un desarrollo de la economía global. Lo cierto es que una vez más el tiempo demostró que el crecimiento aparente sólo era debido a burbujas.

Cuidando eludir la responsabilidad de las políticas imperialistas, en la prensa oficial de todo el mundo se ha apuntado como culpables de la crisis a los operadores financieros, a la “falta de regulación” a la “desvinculación de los mercados financieros de la economía real”. Hace casi cien años Lenin ya pudo observar que el imperialismo, con un inmenso capital monetario acumulado en unos pocos países, promovía el incremento extraordinario del sector rentista, esto es, de individuos que viven del “corte del cupón”, recortando ganancias del trabajo ajeno, completamente alejados de la participación en toda empresa y cuya profesión es la ociosidad. Pero lo cierto es que estos operadores financieros, empleados bien remunerados del sector rentista, únicamente hacían su trabajo en sacar el mayor provecho posible de las políticas de desregulación promovidas desde el imperialismo estadounidense.

La pretendida “superación del Consenso de Washington”

Sumidos ahora en el actual escenario de crisis todas las potencias imperialistas se han impuesto la tarea inmediata de reactivar sus economías actuando en colusión y pugna. Las potencias europeas, Japón, Rusia y China no cejan en disputar la hegemonía al imperialismo yanqui, pero saben que no pueden recuperar sus economías sin éste.

Para reactivar la economía el imperialismo requiere asegurar los mecanismos que permiten extraer ganancias de las semicolonias y derivarlas a las potencias imperialistas para, de esta manera, “devolver la confianza a los inversionistas”. Pero frente a la actual recesión el Consenso de Washington ya no es útil: sólo el gasto público puede ahora generar movilidad en la economía y las políticas de desregulación aparecen públicamente cuestionadas como “causantes” de la crisis.
En esta línea la última reunión del G-20, realizada en Londres a inicios de abril pasado, publicitó convenientemente “la superación del consenso de Washington”, anunciando mayor regulación y control a los mercados financieros. Sin embargo no hay ninguna reforma al sistema mundial imperialista, sino sólo medidas acordadas por las grandes potencias, en colusión y pugna, para devolver la economía a la situación anterior a la crisis con tal de recuperar las cuotas de ganancia a costa de los pueblos y naciones oprimidas del mundo.

Pugnas interimperialistas en el G-20

La reunión de G-20 en Londres ha sido publicitada como un éxito de unidad por las grandes agencias de prensa internacionales, no obstante algunos economistas han planteado que sus resoluciones sólo son producto de la incapacidad de los imperialismos para ponerse de acuerdo en un plan coordinado de paquetes económicos. En efecto las resoluciones del G-20 dan luces del alcance de las pugnas interimperialistas: los intereses del imperialismo estadounidense han vuelto a sobreponerse, demostrando que sigue siendo la superpotencia hegemónica única, aunque éste se vio obligado a realizar algunas concesiones a las proposiciones de sus crecientes rivales, Rusia y China.

El control del sistema financiero mundial se reafirmó en manos de los Estados Unidos por medio de sus dos tradicionales instrumentos imperialistas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, al cual el G-20 aceptó fortalecer con recursos y atribuciones adicionales.

Se destinaron 750.000 millones para préstamos bajo administración del FMI, definiéndose dos mecanismos de crédito: una línea de crédito flexible para los países que han venido implementando “políticas macroeconómicas adecuadas”, es decir, los más alineados con las políticas imperialistas del Consenso de Washington, y los tradicionales préstamos condicionados que obligan a los países sometidos a adoptar los conocidos “ajustes estructurales”.

Se crea también un Consejo de Estabilidad Financiera para monitorear la economía mundial con el objetivo de detectar cualquier amenaza a la estabilidad del sistema financiero imperialista.

Adicionalmente se otorgan facultades para que el FMI pueda obtener recursos adicionales por medio del mercado financiero mundial y no únicamente de los aportes de los países miembros, dejando su función de “cooperativa de crédito” para funcionar también como un intermediario financiero.

Todas estas medidas fortalecen la hegemonía norteamericana en el sistema financiero mundial, toda vez que es éste quien controla el FMI, tanto directamente por el volumen de sus cuotas y su capacidad de veto, como indirectamente a través de la representación de sus semicolonias. Los Estados miembros del FMI tienen derecho a voto y límites de acceso a recursos financieros proporcionales a sus “cuotas de participación”, monto que se calcula sobre la base de diversas variables económicas (PIB, comercio exterior, reservas de divisas), siendo el imperialismo norteamericano el que acapara el mayor porcentaje de éstas (ver gráfico).

A este respecto, la primera concesión que debió hacer el imperialismo estadounidense a las demandas de Rusia y China -levantadas también por intermedio de Brasil- fue aceptar la revisión de las cuotas en el FMI, las cuales habían sido redefinidas sólo el año pasado.

Pero la principal concesión arrebatada por Rusia y China al imperialismo norteamericano tiene que con el reflote de los Derechos Especiales de Giro como instrumento de reserva internacional que, en perspectiva, pudiese desplazar al dólar como eje del sistema monetario internacional.

Los Derechos Especiales de Giro (DEG) son un activo de reserva internacional creado en 1969, una suerte de moneda propia del FMI, pero que hasta ahora no había sido muy utilizado. Hasta la fecha, el FMI ha asignado a los países miembros un total de DEG 21.400 millones (unos 32.000 millones de dólares), de manera proporcional a sus cuotas de participación. La última asignación se produjo en 1981 y en 1997 se propuso una nueva asignación, la cual fue vetada por el Congreso de Estados Unidos y nunca se realizó.

La última reunión de G-20 definió que se emitirán 250.000 millones de dólares en DEG para complementar las reservas internacionales de los Estados miembros del FMI. No obstante esta cifra sigue siendo pequeña en proporción al volumen mundial de reservas -unos 7 billones de dólares- se enmarca en la demanda del socialimperialismo chino de terminar con el privilegio de Estados Unidos de controlar sus desequilibrios macroeconómicos mediante su propia moneda. Hace pocas semanas el gobernador del Banco Central de China, Zhou Xiaochuan, propuso una reforma al sistema monetario internacional sobre la base de una moneda “supranacional”, desvinculada de un área o país concreto, esto es, que no sea el euro de la Unión Europea ni el dólar de Estados Unidos. Frente a esta demanda el Secretario del Tesoro estadounidense Timothy Geithner respondió indicando que el dólar seguiría jugando un papel central en el sistema monetario internacional durante mucho tiempo, recordando así la hegemonía del imperialismo yanqui.

Como vemos Rusia, segunda potencia atómica, y el socialimperialismo chino, poseedor de gigantescas reservas mundiales en dólares, han sabido utilizar la actual crisis y la cumbre del G-20 para pugnar con el imperialismo norteamericano y, de esta manera, mejorar su posición en la disputa por un nuevo reparto del mundo.

La crisis imperialista frente a la nueva ola de la revolución proletaria mundial

Pasada la cumbre de G-20 e iniciada la nueva arremetida del FMI contra las semicolonias (México fue el primero en hacer uso de la línea de crédito y pronto pretenden también hacerlo Colombia y Polonia), aún no aparecen los esperados “signos de recuperación”. Que se agudicen las pugnas interimperialistas que afloraron en la cumbre del G-20 dependerá ahora de cuán profunda sea esta crisis económica en los distintos estados imperialistas y su consecuente necesidad de confrontarse violentamente por un nuevo reparto del mundo.

Como expresara Lenin, los imperialistas pugnan permanentemente, hoy de manera diplomática, mañana de manera violenta, pasado otra vez de manera violenta. El gobierno de los Estados Unidos lo sabe y oportunamente ha anunciado su nuevo “concepto” militar.

Más temprano que tarde, en sus desesperados intentos por remontar sus economías, los imperialismos deberán destruir gran número de fuerzas productivas, por lo cual nadie descarta la necesidad de nuevas guerras de agresión o inclusive una nueva guerra mundial imperialista.

El imperialismo necesita la guerra, pero también teme la guerra, pues ésta impulsa la rebelión de los pueblos oprimidos y la revolución. La actual crisis no es sólo una crisis más, es una crisis que se desarrolla a una escala global nunca antes vista. Para salir de esta crisis el imperialismo yanqui se hará aún más parasitario, más reaccionario, lo cual su vez potenciará las pugnas interimperialistas, debilitando el campo de la reacción.

Para las masas populares la crisis será más dura que todas las crisis anteriores. Los pueblos del mundo están más proletarizados, más privados de los medios de trabajo y de subsistencia. Todas las medidas que se tomen para iniciar un nuevo ciclo de crecimiento sólo empeorarán las condiciones de vida de las masas en todo el mundo, empujando aún más a los pueblos a la revolución.

El imperialismo vive en crisis general, pero éste no caerá por sí sólo. Comunistas: a cumplir con nuestras tareas revolucionarias.-

 

 
 
 

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