| Allende y la Unidad Popular
El carácter de clase del “gobierno del pueblo”

Durante los meses de junio y julio se efectuaron una serie de conmemoraciones en honor al centenario del natalicio de Salvador Allende, siendo los más publicitados los actos realizados por el gobierno de Bachelet y por el Partido “Comunista”. Tampoco faltaron las organizaciones de la denominada “izquierda radical” que se hicieron parte de esta “allendemanía”.
A la figura de Allende debe considerársela dentro de una experiencia política marcada exclusivamente por la participación electoral. Proceso que encuentra su término y bancarrota en el gobierno de la Unidad Popular (UP). Es ahí donde el otrora presidente y el revisionismo se juegan sus cartas por poner en práctica su experimento de “vía pacífica al socialismo”, con el que supuestamente barrerían, por un lado, con los marxistas “ortodoxos” y “dogmáticos” y por otro lado con los momios (nombre que se les daba a los sectores fascistas).
Es por esto que el análisis de la figura de Allende y la UP debe desmarcarse de todo romanticismo, mistificación y oportunismo; sobretodo ahora que aún hay quienes intentan engañar al pueblo, haciéndoles creer que las luchas se juegan en las urnas y que es votando como el pueblo decide su futuro.
CARÁCTER DE CLASE DEL GOBIERNO DE ALLENDE
Lo primero que debemos dejar en claro es que Allende nunca fue un revolucionario ni un hombre que estuviera dispuesto a ponerse al servicio de las luchas del pueblo, tampoco lo fue su gobierno.
Allende se caracteriza por hacer coincidir su programa de gobierno con los lineamientos de la legalidad burguesa. Como miembro de la masonería (secta que exalta el academicismo por el academicismo, la perfección individualista y afirma regirse por los ideales burgueses), se horrorizaba ante la idea de una confrontación de clases y pensaba que todo podía resolverse siguiendo los conductos regulares de los estamentos gubernamentales.
Durante sus años como presidente, buscaba la fórmula para hacer coincidir dentro de una misma línea sus aspiraciones socialistas utópicas y la inviolabilidad del derecho burgués. Allende se vio enfrentado, de esta manera, al dilema de ponerse al servicio de las luchas del pueblo o confiar en los sectores más reaccionarios para dar “legitimidad” a su gobierno. Como se sabe, se jugó por la última opción.
Se debe tener en cuenta, además, que desde su candidatura a la presidencia, Allende asume como una figura de consenso, como el representante de un conglomerado que reunía -en su dirección- a una parte de la pequeña burguesía urbana y a un sector de la burguesía burocrática: Partido Socialista, Partido Comunista, Partido Radical, Partido Social Demócrata, Movimiento Acción Popular Unitaria y Acción Popular Independiente. Más tarde se integraría un sector de la Democracia Cristiana y el Movimiento de Izquierda Revolucionario, que a pesar de su ambigüedad terminó apoyando a Allende y conformando un equipo de seguridad personal para el presidente de la UP.
El gobierno de la UP, lejos de ser un gobierno socialista fue un gobierno pluriclasista que soñaba con la instauración de un sistema republicano burgués. Allende declara en 1970 que su gobierno no es un gobierno marxista y que estaba en contra de “todas las formas de dictadura”. Si hasta el mismo Guillermo Teillier ha reconocido:
“Llama la atención que la UP se conforma incluso con fuerzas que habían integrado los gobiernos de González Videla y de Ibáñez”.
Esto no es de extrañar, sobretodo si consideramos que las medidas aplicadas por el gobierno de Allende no son muy diferentes a las del gobierno de Frei y, a su vez, éstas son bastante similares a las de Alessandri. Incluso, el gobierno de Allende retoma algunos decretos dictados en los ‘30 con el objetivo de salvar la economía y ponerle freno a la ola de protestas.
Además el gobierno de Allende se sigue enmarcando dentro de los límites del Estado burgués-terrateniente. Es decir, durante la UP el Estado siguió manteniendo su carácter y no podía ser de otra manera, ya que la gran burguesía nunca fue derrocada. No hubo revolución ni menos conquista del poder por el proletariado, sin ello es imposible que el Estado burgués terrateniente dejara de existir. No hay en la historia revoluciones que hayan sido en forma pacífica ni pueblos que hayan tomado el poder mediante las urnas. Sin violencia revolucionaria no hay transformación.
La coronación de la política revisionista con la elección de Allende, lejos de ser la manifestación o el correlato de la lucha popular, se convirtió en un tapón para las luchas populares que venían desarrollándose con fuerza en nuestro país desde la década del 50 y se desarrollaban aún con más fuerza en los 60.
Pero si el gobierno de Allende no estaba dirigido por el proletariado ¿quién lo dirigía? Como dijimos anteriormente, el gobierno de la UP fue un conglomerado pluriclasista donde se reunía un sector de la pequeñaburguesía urbana y un ala de la burguesía burocrática. Para comprender esto debemos echar un vistazo a la situación internacional de aquel entonces: para principio de los 70 ya se enfrentaban por el control de Latinoamérica las dos superpotencias imperialistas: Estados Unidos y Unión Soviética (que después de la muerte de Stalin abandona el camino socialista y deviene en imperialista).
Si bien Estados Unidos -ya en la década de 1920- había logrado desplazar al imperialismo inglés del control monopólico de las empresas estratégicas en Chile y se establecía como la potencia hegemónica en Chile, con el gobierno de Allende se habría la posibilidad de que el imperialismo yanqui fuera desplazado por los socialimperialistas soviéticos, quienes no se quedaban atrás en la aplicación de políticas fascistas, las invasiones armadas, los golpes de Estado y la represión al pueblo.
En síntesis, Chile constituía parte del botín que se peleaban estas dos superpotencias imperialistas y eso lo reflejaba la pugna política interna entre las dos corrientes de la burguesía burocrática en Chile: la corriente proyanqui (la Democracia Cristiana) y la corriente prosoviética representada por la dirección de la UP. Como evidencia de la pugna están también las contradicciones internas en los partidos, por ejemplo, el nacimiento de la Izquierda Cristiana, producto de un quiebre de un grupo de militantes DC que decide pasarse al campo de la UP.
La historia nos entrega copiosas pruebas que dejan de manifiesto que la elección de Allende y la aplicación de los planes de la UP significaban un simple cambio de bastón de mando y no la destrucción del Estado burgués terrateniente ni, menos aún, la construcción del socialismo en Chile. También existe bastante material que viene a ratificar que una vez electo Allende, se intenta hacer decaer la moral combativa, reemplazando las luchas populares por calmantes y llamando a los trabajadores a “no hacerse olitas al gobierno”, lo que dicho en palabras simples significa no sobrepasar las políticas reformistas, abandonar los puestos de lucha y dejar todo en manos de los “representantes del pueblo”.
LA POLÍTICA MILITAR DE ALLENDE Y LA UP
Las Fuerzas Armadas son la columna vertebral del Estado y la garantía de la mantención de la dictadura. Es por esto que todo quien quiera conquistar y defender el Poder para el proletariado y las masas, debe contar con un ejército revolucionario al servicio del pueblo.
En el caso de Allende y la UP, sabido es que no se contaba con más que unos pequeños grupos medianamente militarizados, que en ningún caso hubieran sido capaces de derrocar a la maquinaria militar fascista. Pero más importante aún, al interior de la UP tampoco existía la intención de derrocar a las Fuerzas Armadas burguesas. Sino que la misión era apostar a la histórica división al interior de éstas para conquistar a una parte de los militares y desplazar a la otra. Así también lo entendían los sectores proyanquis, que una vez dado el golpe barrieron con todos los militares que pudieran oponérseles.
El gobierno de la UP y particularmente Allende, no tenían como política armar a las masas para la lucha revolucionaria, al contrario, los llamados desde el gobierno eran a depositar la confianza en las Fuerzas Armadas. Para fundamentar esta política, Allende inventó la teoría de que las fuerzas armadas de Chile eran republicanas y pacíficas y hasta llegó a decir que: “Las Fuerzas Armadas de Chile, son fuerzas armadas democráticas, es el pueblo con uniforme...” (Discurso en el 40 aniversario del Partido Socialista)
Esta idea de que las Fuerzas Armadas de Chile son fuerzas democráticas es una tesis que no tiene sustentación alguna. Cualquiera que sepa aunque sea un poquito de la historia de Chile estará al tanto del papel que han jugado las Fuerzas Armadas como elementos de choque de los sectores más reaccionarios. Es imperdonable, entonces, que Allende y la UP hicieran la vista gorda sobre las numerosas ocasiones donde los uniformados han actuado en contra del pueblo. Un argumento importante contra esta falsa teoría de las Fuerzas Armadas “democráticas” se encuentra al recorrer el prontuario de los militares durante las huelgas y protestas a principios del siglo XX (Mitin de la Carne en 1905, Matanza de Santa María en 1907), la persecución a los comunistas a mediados de siglo una vez que se promulga la “Ley Maldita” y la gran represión durante el 2 y 3 de abril de 1957 (huelga de las chauchas) y la imposición del fascismo en las filas de la burguesía y los mandos militares en las décadas del 50, 60 y 70 en las escuelas militares yanquis.
Pero Allende seguía empecinado en machacar con la idea de confiar en los asesinos del pueblo. En una carta a Patricio Aylwin del 23 de agosto de 1973, Allende se jacta de que su gobierno ha sido el único que ha probado tener la voluntad para incorporar a las Fuerzas Armadas “como instituciones a las grandes tareas nacionales”. Es más, el mismo 11 de septiembre de 1973, Allende declara:
“Como primera etapa tenemos que ver la respuesta, espero que positiva, de los soldados de la patria, que han jurado defender el régimen establecido que es expresión de la voluntad ciudadana, y que cumplirán con la doctrina que prestigio a Chile y le prestigia por el profesionalismo de las fuerzas armadas. En estas circunstancias, tengo la certeza de que los soldados sabrán cumplir con su obligación”.
Es decir, incluso durante el mismo golpe de Estado, ante la arremetida de la JMF, Allende seguía con la idea de que las Fuerzas Armadas respetarán el mandato ciudadano. En un razonamiento extremadamente subjetivista Allende comunica:
“He ordenado que las tropas del Ejército se dirijan a Valparaíso para sofocar el intento golpista”. (11 septiembre 1973)
De esta manera, el 11 de septiembre de 1973 se ponía la lápida a la teoría antimarxista que intenta desmarcarse de la lucha de clases, pretendiendo que todos los sectores se comprometan con el cumplimiento de las “tareas nacionales”.
Ya Lenin había dicho que para ser marxista no basta con reconocer la lucha de clases, sino además se necesita hacer extensivo este reconocimiento a la necesidad de la dictadura del proletariado. El problema está en que Allende ni siquiera reconocía la necesidad de la lucha de clases; sus aspiraciones estaban más bien enfocadas a la necesidad de una conciliación de clases dentro del “gobierno ciudadano”. Así lo manifestó a pocos días del golpe de Estado: “Reitero solemnemente mi decisión de desarrollar la democracia y el Estado de Derecho”. (Comunicado en respuesta al acuerdo de la Cámara de Diputados del 22 de agosto de 1973, declarando la ilegitimidad del Gobierno y llamando al golpe).
De lo que se olvidó es de decir que -como sostuvo Lenin- no existe “democracia” en abstracto; que la “democracia” es, necesariamente, “democracia” de una clase social. Por lo que no puede existir “democracia para todos los chilenos”. O es democracia para la gran burguesía y opresión para los proletarios o es democracia del proletariado y el pueblo y opresión para la gran burguesía. Por último, se debe señalar que el “Estado de Derecho” es siempre Estado de derecho burgués-terrateniente. Estos dos conceptos de “democracia” en abstracto y “Estado de Derecho” no tienen nada de socialistas. Esto demuestra, por otro lado, que el gobierno de la UP se sitúa dentro de un proceso de gobiernos burgueses y que la lucha por el control del Estado durante el gobierno de Allende fue una lucha interburguesa.
En síntesis, la experiencia de la UP no podía ser por ningún lado una experiencia socialista ni una etapa preparatoria para el socialismo, ya que había relegado a los trabajadores y a sus organizaciones a la retaguardia, poniendo la primacía en la necesidad de mantener el pacto UP sin despertar las antipatías de los sectores reaccionarios. Allende no consideraba que el capitalismo y el socialismo fueran antagónicos. Él creía más bien que de forma gradual se podría pasar del capitalismo al socialismo en una especie de parto sin dolor, manteniendo incluso los viejos aparatos que por años han garantizado la existencia del capitalismo y la opresión del pueblo chileno.
Su esperanza por evitar todo tipo de confrontaciones fue terreno fértil para el accionar de la JMF y sus organismos. Los soldados “patriotas”, en los que tanto confiaba Allende, fueron los mismos que no dudaron en empuñar las armas contra el pueblo de Chile. Su socialismo pacifista no fue más que una vana esperanza que terminó ahogada en sangre.
GOBERNAR SIN OPONERSE AL FASCISMO
Allende nunca dudó en que si algo había de conseguirse debía ser por la vía que imponía la burguesía. Es por esta razón que decidió nacionalizar algunas empresas monopólicas estratégicas -como el cobre, el estaño y el cemento- mediante la compra de los medios de producción y la indemnización millonaria a los capitales imperialistas. La reforma agraria (que no fue más que la continuación de la reforma de Frei) se hizo por la misma vía: como una ley de compraventa de tierras. Esto provocó que entrara en conflicto con sectores del campesinado pobre que ya habían decidido la expropiación directa de los fundos de los grandes terratenientes. En algunas de las empresas donde el proletariado industrial expulsó a los capitalistas, tomó el control e impulsó la producción, Allende se puso del lado de la gran burguesía y pidió a los obreros devolver las empresas ocupadas, con el objetivo de ganarse a la dirección de la Democracia Cristiana.
Mientras se instaba a los obreros a bajar la guardia y “combatir” al fascismo, exclusivamente, produciendo más mercancías, los sectores proyanquis impulsaron una gran campaña de boicot, dirigida y financiada directamente por el gobierno de Estados Unidos. Los boicots hacia el gobierno de la UP no sólo consistían en la paralización de sectores estratégicos como la minería y parte del transporte, sino que además en una planificada provocación de escasez de alimentos y ensayos de golpes de Estado. Ante estos ataques, Allende no vio en las masas la solución a los males, él confiaba más en someter a los reaccionarios al cumplimiento de los deberes establecidos por ley y a poner todo en orden partiendo de que cada uno debía someterse al mandato ciudadano. Los trabajadores hacían frente al boicot, redoblando sus esfuerzos en la producción, echando a andar las industrias, creando organismos de distribución y racionamiento de alimentos; más eso no era suficiente, los trabajadores le exigían al gobierno dar pasos más audaces y sentir su respaldo. Pero el gobierno les seguía pidiendo “paciencia y más paciencia”, confiando en revertir la situación conquistando la mayoría parlamentaria y ganando la simpatía de algún sector de los partidos golpistas.
Lamentablemente, la peor parte del boicot se la llevó el pueblo, que debía caminar largas horas para llegar a los puestos de trabajo y hacer grandes filas para poder conseguir un mínimo de alimentos. Con el boicot sólo se beneficiaron los inescrupulosos que vivían del mercado negro y los grandes capitalistas que mediante esta palanca sumían al pueblo en la miseria. Cuando las cosas no daban para más, Allende y los revisionistas no dudaron en lanzar su llamado ¡No a la guerra civil!, manteniendo aún sus esperanzas en que los capitalistas monopólicos y los terratenientes se sometieran a las leyes. Pero ocurrió lo que siempre ocurre, cuando un sector de la gran burguesía se ve amenazado no duda en romper sus propias leyes y pasar derechamente a empuñar las armas contra las masas, el problema es que para ese momento Allende había desarmado al pueblo.
En lugar de combatir la arremetida yanqui con una lucha de masas antiimperialista, la dirección de la UP y Allende, apostaron a la capitulación. Posteriormente los mismos miembros de la UP reconocían que Allende pretendía llamar a un plebiscito, el que hubiera tenido como resultado la derrota política de la UP en manos de los sectores proyanquis o bien el reconocimiento “ciudadano” del gobierno de Allende. Sin embargo, uno u otro resultado no hubiera hecho más que frenar el movimiento de masas que desde los años 60 venía desbordando y sobrepasando las políticas reformistas.
Al igual que todos los sectores burgueses que se denominan a sí mismos como “revolucionarios”, la UP temía tanto más a los obreros armados que al propio fascismo. No obstante esto, comenzó él mismo a utilizar medios de control fascistas para contener el desborde del movimiento popular. De esta manera, Allende no dudó en dictar la ley “Sobre Control de Armas”, donde quedó prohibido a cualquiera que no fuera uniformado portar un arma. La promulgación de esta ley era el resultado de dos premisas de las que partían los miembros de la UP y Allende: a) que controlando la posesión de armamentos y desarmando a los sectores obreros la Democracia Cristiana se pondría del lado de la UP y b) que un sector importante las Fuerzas Armadas se pondría de lado del gobierno.
La ley “Sobre Control de Armas” se dicta en un contexto donde muchos sindicatos y organizaciones venían pasando de las luchas pacíficas a enfrentamientos armados. El resultado de la promulgación de esta ley fue prevenir por la vía de las leyes que la clase se armara, lo cual se acompañó de medidas prácticas como allanamientos por parte de carabineros, militares y organismos de seguridad a las sedes sindicales y a las casas de los obreros, terminando gran parte de las veces con la detención y la persecución de los miembros más activos. Pero esta ley que atacaba directamente a la organización popular, de nada sirvió para desarmar a los sectores reaccionarios: el grupúsculo fascista de “Patria y Libertad” campeaba en todas las manifestaciones y concentraciones reaccionarias en Santiago; a las marchas en apoyo a la UP se les atacaba con armas de fuego desde el edificio de la Democracia Cristiana y sus miembros quedaban en la total impunidad; miembros de la CIA entraban a Chile sin mayores dificultades para financiar e impartir clases y adiestramiento a los cuadros de choque del fascismo chileno.
Esta ley se mantuvo incluso después del “tacnazo” de 1971, que fue la ocasión donde los sectores proyanquis ensayaron el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.
LA MUERTE DE ALLENDE Y LA BANCARROTA DE LA UP
Durante su último día de vida, Allende con un grupo de 40 personas toman posición en el Palacio de La Moneda, con el objetivo de repeler los ataques de las Fuerzas Armadas al palacio presidencial. Sin embargo Allende seguía inculcando en el pueblo la idea de no-resistencia, declarando: “Que ocupen sus puestos de trabajo, que concurran a sus fábricas, que mantengan la calma y la serenidad”.
Finalmente, luego de varias horas, la resistencia al interior del edificio cedería y Allende terminaría muerto. Durante los 80 y 90 sus seguidores coreaban en las marchas: ¡Allende no transó, con un fusil el combatió! Con esto intentarían hacer la vista gorda respecto a todos los errores y fracasos propios de quienes pretender hacer la revolución desde las urnas y a la vez señalar que basta empuñar un arma por un día para expiar los pecados burgueses.
De esta manera, levantando la figura de Allende a la de un luchador revolucionario, hacían un flaco favor al pueblo y a los sectores verdaderamente revolucionarios, que más que reivindicar el legado allendista debían sacar las lecciones del fracaso de la UP, si es que verdaderamente querían hacer la revolución.
En estos días, hay también varios grupos, que aún asumiéndose como “críticos del reformismo” o “anti-neoliberales”, quieren resucitar una imagen del “Allende combatiente” y de manera oportunista intentan poner a Allende a la altura de un “destacado luchador por la soberanía de los pueblos” y “antiimperialista”. Cosa que demuestra por un lado su oportunismo, al tergiversar la historia y por otro lado la incapacidad de sacar lecciones en forma científica. La muerte de Allende y el fracaso de la UP, en este sentido, no representan la derrota del pueblo, sino que la derrota del revisionismo chileno que utilizó al pueblo y parte del Estado como palanca para lograr sus objetivos.
Debemos dejar en claro respecto al punto anterior, si bien grandes sectores del pueblo pusieron sus esperanzas y fuerzas junto al gobierno de la UP, no fue el pueblo ni el proletariado quienes asumieron la dirección de dicho gobierno. Pues, el pueblo demostró durante todo ese período lo mismo que sigue demostrando hoy: que esta presto para luchar y que no tiene la menor intención de esquivar el camino de la lucha de clases. Por lo tanto, si el pueblo hubiera estado realmente a la dirección de dicho proceso no hubiera dudado en barrer con todo el lastre reaccionario y fascista apandillado en diferentes órganos del Estado y la producción.
En estos días en que los sectores fascistas gritan a los cuatro vientos que el marxismo es anacrónico y caduco, mientras, por otro lado, las organizaciones revisionistas hacen gárgaras para referirse a la UP y al “ejemplo de Allende” -y así justificar su participación en las próximas elecciones-, es necesario clarificar en la forma más amplia posible, que hoy igual que ayer, el pueblo nada obtendrá poniéndose a la cola de la burguesía y sus instituciones; que es necesario que el pueblo dirigido por el proletariado, sea capaz de forjar sus instrumentos (Partido, Frente de masas y Ejército). Solamente, de esta manera se garantizará que las luchas de las masas no sean utilizadas como trampolín para “gobiernos democráticos” ni como monedas de cambio para aquellos que se oponen a hacer la revolución.
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